¿Existió la Atlántida?

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Artículo extraído del libro El guardián de las pirámides, Oberon, Madrid 2001.

Seguramente Platón no tuvo conciencia del problema que estaba generando, cuando mencionó en uno de sus diálogos la existencia de un enigmático continente más allá de las Columnas de Hércules. Hoy día, sumergida, olvidada y rechazada, la ubicación de la Atlántida se presenta como uno de los misterios más recónditos de la arqueología moderna cuya relación con la Esfinge es para muchos más que “evidente”: “Nuestros libros refieren cómo Atenas destruyó a un poderoso ejército, que partiendo del Océano Atlántico, invadió insólitamente a Europa y Asia. Entonces se podía atravesar este océano. Había, en efecto, una isla situada frente al estrecho que en vuestra lengua llamáis las Columnas de Hércules. Esta isla era más grande que Libia y Asia reunidas: los navegantes pasaban desde allí a las otras islas, y de éstas al continente que baña este mar, (…) Ahora bien, en esta isla Atlántida los reyes habían creado un grande y maravilloso poder, que dominaba en la isla entera, así como sobre otras muchas islas y hasta en muchas partes del continente. Además en nuestros países, más acá del estrecho, ellos eran dueños de Libia hasta Egipto, y en Europa hasta la Tirrenia (Critias 108 e).
Más adelante de este fragmento del Critias se puede leer la historia con más detalle: “Poseidón, a quien correspondió la Atlántida, colocó en una parte de la isla a los hijos que había tenido de una mortal. Esta parte era una llanura situada no lejos del mar, hacia el medio de la isla, la más bella, según se dice, y la más fértil de las llanuras. A 50 estadios más o menos de esta llanura, también en medio de la isla, había una montaña muy poco elevada. Allí habitaba uno de los hombres que en el origen de las cosas nacieron de la tierra, Evenor, con su mujer Leucipa. Éstos engendraron a una sola hija, llamada Clito, que era núbil cuando murieron sus padres; y con la que se casó Poseidón, quien se enamoró de ella. La colina, donde vivía Clito, fue fortificada por Poseidón, que la aisló de todo lo que la circundaba. Hizo muros y fosos con tierra y agua del mar alternativamente, unos más pequeños otros más grandes, dos de tierra y tres de agua, ocupando el centro de la isla, de manera que todas sus partes se encontraran a igual distancia del mismo. La hizo por tanto inaccesible, porque entonces no se conocían ni las naves ni el arte de conducirlas. Como era un dios, le fue fácil ordenar y embellecer esta nueva isla, formada en medio de la otra, haciendo que salieran del suelo dos manantiales, uno caliente y otro frío; y que produjera la tierra alimentos variados y abundantes (Critias 115 c).

La única fuente

Este testimonio puesto en labios de Critias en el diálogo de Platón (427-347 a. C.), junto al aparecido en el Timeo, otro diálogo del mismoAtlántida02_nacho-ares filósofo, son la primera y única referencia histórica a la supuesta existencia del Continente Perdido de la Atlántida. Punto de inspiración de escritores, artistas, diseñadores de juegos de ordenador para Indiana Jones, bohemios y toda clase de buscadores de fama y gloria, el Continente Perdido sigue cautivando con sus enigmas a los modernos detectives del pasado, quienes, cotejando información proveniente de diferentes fuentes, intentan reconstruir el trasfondo histórico de esta leyenda milenaria.
Qué duda cabe de que algo anómalo para el entendimiento de la época debió de existir en la Antigüedad. Tal y como reflexiona el escritor Colin Wilson, no necesariamente tuvo que ser la gran civilización explicada por el filósofo Platón. Sin embargo, los restos del paso de una cultura hoy desconocida permanecieron en el inconsciente colectivo de los hombres como algo que todos tuvieron a bien denominar Atlántida. En este sentido, creo que Wilson tiene razón. No creo que haya que negar por negar. Nadie está afirmando que los atlantes tuvieran una supertecnología con aviones, armamento sofisticado, grandes obras de ingeniería, etcétera. Se está hablando de un pueblo superior, pero superior para un griego del siglo V antes de nuestra era. ¿Qué se puede entender por superior en esta época? Seguramente, los mismos romanos les parecerían increíblemente desarrollados.
Son muchos los lugares que se han querido identificar con la cuna de este insólito Continente Perdido, en donde la sabiduría de sus pobladores desbordaba el conocimiento de todos sus contemporáneos. Canarias, Tartesos, los Países Nórdicos o la propia Grecia, son algunos de los lugares más comunes con los que se ha identificado este enigmático continente.

La conexión egipcia

La Atlántida ha estado ineludiblemente vinculada a Egipto desde que Platón narrara en sus diálogos la historia que el propio Critias había escuchado al sabio Solón (640-560 a. C.) siendo joven. Éste, por su parte, había recogido la fascinante historia de boca de un sacerdote egipcio de la diosa Neith en la ciudad de Sais, durante un viaje que realizó al país de los faraones. En respuesta a una pregunta de Solón en donde se hacía referencia al misterioso origen de la civilización egipcia, el sacerdote de Sais le narró el famoso relato de la Atlántida que aquí estudiamos.
De toda la descripción del continente perdido, lo más extraordinario son los comentarios realizados por el sacerdote egipcio. Éste aseguró al sabio griego que el origen de su civilización había tenido lugar hacía ya 9.000 años, según estaba escrito en los libros sagrados de los templos. De esta manera, según el texto de Platón, el origen de Egipto no estaría hacia el 3100 a. C. como defienden la historiografía y las evidencias arqueológicas, sino en el año 10000 a. C., el mismo momento en que a miles de kilómetros hacia nadie sabe dónde, estaría en pleno apogeo una civilización desconocida cuyo origen sería mucho más remoto y obscuro. Y tan obscuro que la arqueología se ve un poco saturada con este tipo de planteamientos. El problema no es tan sencillo como parece. Los investigadores todavía no saben cómo rellenar esos 7.000 años que van desde el 10000 hasta el 3000 a. C. ¿Podemos tener algún tipo de constancia arqueológica de este vacío en el tiempo?

Buscando un continente en Grecia

Todos podemos leer en los libros de historia que el origen de la civilización moderna está en las primeras ciudades aparecidas en Oriente a partir del Octavo Milenio a. C. Jericó, por ejemplo, fue fundada por un grupo de cazadores que en algún momento dado después del 10000 Atlántida03_nacho-aresa. C., atraídos por la abundancia de alimento y agua, decidieron asentarse en el emplazamiento que con el paso de los años y tras un pausado desarrollo, formó la ciudad bíblica de Jericó. Sin embargo, mucho mayor fue el asentamiento de Çatal-Huyuk, en la actual Turquía, cuyo florecimiento debió de darse entre el 6500 y el 5650 a. C.
Lógicamente, estos dos asentamientos fundaron lo que la arqueología llama en la actualidad “ciudades”, pero que nada tuvieron que ver con lo que hoy entendemos como tales. Sería más apropiado utilizar el término “poblados”, “aldeas” o “pueblos” para referirse a ellas. Con todo, el primitivo estado evolutivo de estas poblaciones en su época de mayor esplendor (hacia el Sexto Milenio a. C.) no se acerca en absoluto al desarrollo político, social y económico que debió de presentar la Atlántida miles de años antes, según nos hace ver Platón en el Timeo y en el Critias.
El tópico de que toda leyenda tiene en el fondo un poso de realidad histórica, puede que tenga en el relato de la Atlántida uno de sus mayores exponentes. La gran variedad de soluciones que se han propuesto para explicar esta narración, no son más que un reconocimiento velado a la historia de Platón, admitiendo los investigadores de forma subrepticia, que en algún momento de la historia de la humanidad existió, nadie sabe dónde ni cómo, algo que Platón y solo él, ya que nadie más habla de la Atlántida en la Antigüedad, admiró. Algo que, insisto, fue entendido por un hombre del siglo V como algo avanzado para su tiempo.
Sin embargo, si hacemos realmente caso al texto transmitido por Platón, no debemos olvidar una premisa geográfica, quizás la más importante, para intentar encontrar el lugar en donde la Atlántida pudo haber existido en algún momento desconocido de la historia. Según el filósofo griego, “había, en efecto, una isla situada frente al estrecho que en vuestra lengua llamáis las Columnas de Hércules.” Esta afirmación, puesta en boca del sacerdote egipcio de la diosa Neith, hace referencia al lugar conocido en la actualidad como estrecho de Gibraltar, zona que ha sido el punto de atención de la gran mayoría de investigadores, quienes han visto en la teoría cretense una salida inviable al enigmático mito atlante. Angelos Galanopoulos el máximo defensor de la teoría griega justificaba este “pequeño contratiempo” afirmando que como Hércules era el autor de la mayoría de obras existentes en Grecia, las famosas Columnas que llevaban su nombre eran “dos promontorios existentes al sur del país heleno” (sic). Pero por mucho que el investigador griego quiera convencer con su teoría del volcán Santorín y que en la actual isla de Tera se venda la mercancía turística de que “estamos pisando el suelo de la Atlántida”, poco es lo que podemos decir a favor de la teoría de Galanopoulos. Su hipótesis vio la luz a finales de los años sesenta. En ella afirmaba que la Atlántida fue en realidad la actual isla de Santorini -antigua Tera-, un enclave cercano a Creta. Allí se produjo un hecho significativo que cambió radicalmente la historia de la zona: la descomunal erupción del volcán Santorín en algún momento dado del siglo XVI a. C. La explosión del volcán fue de tal magnitud que parte de las cenizas lanzadas al aire llegaron, según investigaciones modernas, a orillas del Nilo e incluso a Groenlandia, situada a casi 3.000 kilómetros de la isla de Tera.
La consecuencia inmediata de la explosión del volcán parece haber sido la práctica desaparición de la cercana civilización minoica, con la destrucción de sus palacios en Creta como hecho más relevante. ¿Fue este cataclismo el que recogió Platón más de mil años después en forma de leyenda? ¿Serían realmente los minoicos los constructores de la Esfinge?
Sin embargo, son más numerosos y de mayor peso los argumentos existentes en contra de esta teoría que los que podrían darle cierta verosimilitud. ¿Cómo explican los historiadores la ausencia total de cualquier mención de este desastre natural en la obra de algún otro autor anterior o contemporáneo al filósofo griego? Y por otra parte, ¿puede ser comparada la gigantesca Atlántida de Platón con la isla Santorini, cuya extensión apenas supera los 15 kilómetros?
Galanopoulos, en este sentido, para demostrar su teoría, sugirió que Platón no había hecho más que multiplicar por diez todos los datos físicos y cronológicos relativos a la isla, de tal manera que los hechos por él descritos no habrían ocurrido en el 9000 a. C. sino en el 900 a. C., circunstancia que, por otra parte, tampoco se adecua a la fecha de erupción del volcán.

Las otras Atlántidas

Otros la han ubicado no lejos de Tera. Desde el primer momento, los investigadores pusieron cerco a la posible existencia del Continente Perdido, escudriñando alguna referencia cercana en los confines propios del Mediterráneo. En un intento de buscar un pueblo que se adecuara a las descripciones del griego Platón, pronto se reparó en la posibilidad de que la mítica Atlántida se encontrara en las inmediaciones de la cercana isla de Creta. Hasta el día de hoy, siempre desde el punto de vista de la historia más ortodoxa, ésta es la teoría más popular sobre el origen de este extraño continente.
No muy lejos de la costa Ática, exactamente a 325 kilómetros de Atenas, la isla de Creta se alza en medio del Mediterráneo como uno de los centros mercantiles más importantes de la Antigüedad. La misteriosa civilización cretense (hacia 1700-1450 a. C.) es “un libro de imágenes sin nombres” como muy bien dijo el investigador Charles Picard. En esta isla se dieron un número de afinidades entre la cultura que allí habitaba y la de la Atlántida descrita por Platón, que pueden ser entendidas al menos como curiosas. El culto a los toros, los exóticos y lujosos palacios de la isla o el triunfo final del ejército ateniense sobre Creta, entre otras proximidades, fueron los pilares que dieron pie a esta afinidad histórica.
Si retomamos la referencia del importante dato proporcionado por Platón sobre las Columnas de Hércules, descubrimos que han sido dos los emplazamientos arqueológicos estudiados con más asiduidad por los investigadores. El más importante de ellos es, sin lugar a dudas, el archipiélago de las Canarias, sito en aguas del Atlántico, y en segundo lugar la misteriosa civilización de Tartesos, de dudosa ubicación incluso hoy, pero que quizás pudo estar sobre las propias Columnas de Hércules.
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En un intento desesperado por dar una explicación lógica al texto de Platón, se han buscado otras referencias geográficas en Occidente. Y es que, este lugar, por buscar que no quede, fue por naturaleza para la mentalidad oriental y también para el mundo clásico, un espacio misterioso y desconocido, que solamente los atrevidos mercaderes fenicios se atrevieron a cruzar.
Así, haciendo una interpretación un tanto insólita del De Facies in orbe Lunae, del también autor griego Plutarco (40-120 d. C.), se ha querido ver la cuna de la Atlántida en la región escandinava. A las “pruebas” proporcionadas por algunos relieves e inscripciones del templo de Medinet Habu se ha añadido con calzador el testimonio de Plutarco como una prueba “irrefutable” de la existencia de este misterioso continente. En esta obra se hace una extensa reseña de todo lo que se conocía en aquel momento sobre la luna, mencionando también unas enigmáticas tierras heladas que se encontraban más allá de las islas británicas y en donde el sol tardaba más de un mes en ponerse, tierras que para algunos nos son más que la Atlántida. Hoy en día, esta teoría prácticamente no convence a nadie.
Por su parte, tomando como base la mención de una tal Gadeiros en el relato de Platón (¿Cádiz?), y su hipotética posición “frente a las columnas de Hércules”, más de uno se ha lanzado al vacío adelantándose a asegurar que la civilización atlante fue en realidad nuestra misteriosa Tartesos -la misma Tarshis que aparece mencionada en la Biblia. Esta civilización debió de estar situada al sur de la Península Ibérica, aunque en la actualidad no existe una sola prueba arqueológica que demuestre con exactitud dónde estuvo Tartesos. A esta débil mención de Cádiz en los diálogos del filósofo griego debemos añadir que, casi con toda seguridad, Tartesos se encontraba muy cerca de las Columnas de Hércules, lo que resulta ser otro aliciente para identificar ambos espacios geográficos.
En definitiva, no hay más evidencias de la Atlántida que las expuestas por Platón y que, por desgracia, hasta ahora, no han tenido ninguna correspondencia con la arqueología. No sé si la Atlántida existió o no. No lo puedo decir, pero es sospechoso que solamente un autor del mundo clásico hablara de algo así y no haya más referencias al respecto.

© Nacho Ares 2015