Pareidolias en el antiguo Egipto

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Artículo publicado en la revista Más Allá nº302 abril de 2014, bajo el título de “Montañas Sagradas”

Pasan completamente desapercibidas y solamente en las últimas décadas los egiptólogos han comenzado a investigarlas. Algunas formaciones rocosas naturales en Egipto recrean formas muy similares a las de los dioses del panteón faraónico. ¿Casualidad? ¿Pareidolias? ¿Fueron elaboradas en la Antigüedad? ¿Se convirtieron en la señal de culto de esos lugares?

pareidolias01_nacho-aresLas montañas de Egipto, especialmente la Montaña Tebana, ofrecen un escenario mágico, ideal para desarrollar cualquier conjunto de creencias. Hace miles de años, cuando los habitantes del Valle del Nilo comenzaron a imbricar su existencia con los elementos de la naturaleza que les rodeaban, las montañas debieron de desempeñar un papel muy destacado en la formación de su pensamiento mágico. Ellos llamaban a las montañas “llu” (Dw), y las representaban, al contrario que nosotros que dibujamos una forma casi piramidal, como una suerte de valle, el del Nilo, con dos extremos elevados.
La implicación de las formas naturales con supuestas manifestaciones de dioses es tan antigua como la propia civilización faraónica. Son, sin lugar a dudas, verdaderas pareidolias. Sin embargo, lo que tenemos que investigar es si los egipcios de época faraónica las usaron para construir la base de sus mitos o, al menos, sustentar en ellos una realidad física, más tangible que el etéreo mundo de las creencias.
El ejemplo más conocido es la Esfinge de Gizeh. Erigida o remodelada en la IV dinastía por el faraón Keops o por su hijo Kefrén (ca. 2550 a. C.), su aspecto leonino debió de llamar la atención de los habitantes de la zona quienes solamente tuvieron que añadir unas patas con enormes sillares de piedra para así dar forma a una divinidad solar, Ra-Harakhti, representada en la iconografía por un león. No hay documentos escritos que así lo atestigüen pero parece muy probable que la similitud entre este bloque natural de piedra, surgido en el corazón de una antigua cantera, y el aspecto de un león tumbado, ya llamara la atención incluso de los pueblos prefaraónicos de la meseta de Gizeh. En este caso, una pareidolia bien pudo haberse convertido en la fuente de inspiración teológica de un complicado credo en el que se mezclaban extraños rituales y el culto a la Naturaleza.

Un tesoro nubio

pareidolias02_nacho-aresDe los numerosos ejemplos relacionados en la actualidad como centros sagrados gracias a su semejanza con formas que se pueden identificar con divinidades egipcias, el único constatado documentalmente es el de la montaña sagrada de Gebel Barkal, hoy Sudán. Se trata del único caso en el que los propios egipcios representaron la montaña con esa particularidad rocosa que, en este caso, ellos identificaron con una cobra sagrada coronada por la corona del Alto Egipto, uno de los símbolos de la realeza, o con un disco solar, si lo vemos desde el lado contrario. En efecto, al sur de la montaña de Gebel Barkal, de 74 m de altura, podemos ver desde el lado oriental una suerte de cobra gigantesca alzándose sobre el desierto. Seguramente fue la presencia de esta cobra natural lo que hizo que Tutmosis III (ca. 1475 a. C.) pareidolias03_nacho-aresconstruyera allí un templo dedicado al dios Amón, en medio de la nada. El lugar se convirtió en un centro sagrado denominado “La Montaña Pura” en donde se levantaron más capillas a deidades femeninas vinculadas siempre a la cobra real.
Lo más curioso de Gebel Barkal es que los propios egipcios nos han reconocido la pareidolia: ellos veían de idéntica forma la montaña. Sobre los relieves que decoran sus templos y capillas en donde aparece grabada la formación rocosa, se ve en su extremo la cobra real, tal y como puede apreciarse al natural.

La Montaña Tebana

De todos los enclaves montañosos que encontramos en Egipto, quizá la región de Tebas es la más prolífica en este tipo de enclaves mágicos. Levantada en la orilla occidental del Nilo, por donde se pone el sol, los egipcios vinculaban su geografía al comienzo del Inframundo, el Más Allá, el inicio del viaje que el sol hace por poniente para comenzar su trayecto por la oscuridad de la noche.
En su época de esplendor, la XVIII dinastía, el Egipto faraónico empleó este lugar, cercano a la capital Tebas, para construir sus templos funerarios y sus necrópolis, tanto depareidolias07_nacho-ares reyes como de nobles. Allí, en el Valle de los Reyes, se excavó quizá durante el reinado de Tutmosis I (ca. 1530 a. C.), la primera tumba. Pero, ¿por qué se eligió aquel lugar tan inhóspito? Muchos egiptólogos han visto razones prácticas en su utilización. Se trata de un lugar cerrado, fácil de proteger contra los ladrones de tumbas. Sin embargo, existe una razón mágica que quizá desempeñó un papel más importante en la elección de este lugar. En lo alto de los riscos del Valle de los Reyes se levanta el pico de Gurna, “el cuerno”, una pirámide natural que bien pudo ser la clave para que los sacerdotes identificaran este lugar con un espacio sagrado de forma similar a como se había hecho en épocas más antiguas de la historia de Egipto. Todas las tumbas privadas de este período estaban rematadas con una pequeña pirámide sobre la entrada. Por lo tanto, el empleo de esta forma como icono sagrado y símbolo del culto solar seguía usándose en este período. Razón de más para poder pensar que los faraones emplearan una gigantesca pirámide natural para enterrarse bajo su cobijo en el seno de la Montaña Tebana.
No obstante, si en Gebel Barkal encontrábamos testimonios antiguos que nos hablaban de la sacralización del lugar debido a la identificación de una parte de la montaña con un concepto determinado (recordemos la imagen de la cobra sagrada), en el caso del Valle de los Reyes no hay nada de esto. ¿Resultaba tan evidente que allí había una pirámide que no era necesario recordarlo?
pareidolias04_nacho-aresNo lejos de allí, en el llamado Valle Occidental, nos encontramos otro guiño del destino que especialmente entre los guías locales y los guardas de las tumbas, se ha convertido desde hace décadas en un reclamo de los turistas. Perfectamente apreciable desde el centro del valle si nos colocamos frente a la tumba de Ay, el sucesor de Tutankhamón, podemos ver en lo alto de la pared sur del valle la figura de un enorme halcón Horus, rematado con las coronas del Alto y del Bajo Egipto. ¿Realidad o ensoñación de un guía? Dependiendo de la hora a la que se visite el valle y la fecha del año, la semejanza de la pared con un halcón es mayor. Este Valle occidental solamente fue utilizado durante un periodo de tiempo muy pequeño de la Historia de Egipto. En él solamente encontramos dos grandes tumbas, la de Amenofis III y la ya mencionada de Ay. El resto son simples pozos inacabados, aunque no podemos descartar que en investigaciones futuras aparezca algún enterramiento más que dé sentido a la posible presencia de este halcón en la pared del valle.
Sin embargo, la Montaña Tebana está vinculada de una manera muy directa con una divinidad femenina, la diosa Hathor. En torno a ella surgen diferentes y nuevos “juegos de la naturaleza”, muchos de los cuales están ligados directamente al culto de la diosa vaca.

El Valle de las Reinas y Deir el-Bahari

Hay quien propone que toda la necrópolis tebana es una suerte de representación mágica de la vaca Hathor. Este hecho tiene su constatación histórica ya que los propiospareidolias05_nacho-ares egipcios representaban a la montaña como la “casa” natural de la diosa, la Señora de Occidente. Así lo podemos ver, por ejemplo, en uno de los últimos pasajes del Libro de los Muertos, el 186 en donde la diosa se aparece del mundo de los muertos como una vaca gigante que surge de la montaña occidental.
En esta reconstrucción virtual y natural de la divinidad femenina, hay egiptólogos que han querido ver en el circo rocoso que se levanta sobre el templo de la reina Hatshepsut en Deir el-Bahari, un remedo de los cuernos de la vaca. Allí estaría la cabeza, pero en otros lugares de la montaña, emplazamiento de diferentes necrópolis, podemos ver más partes de la diosa vaca.
Otro paralelo es el que la prestigiosa egiptóloga Christiane Desroches-Noblecourt (1913-2011), ex directora del Museo del Louvre y una de las más brillantes especialistas de la egiptología francesa, presenta en el Valle de las Reinas. En su libro Hatshepsut, la reina misteriosa (Barcelona 2004), relata el simbolismo de uno de los enclaves más misteriosos de toda la necrópolis tebana. Volvemos a hacernos la misma pregunta. ¿Por qué se eligió este valle para enterrar a reinas y príncipes? Tiene que haber una explicación mágica ya que los egipcios no hacían nada si detrás no había una razón de peso. Ésta la podemos encontrar en la gruta que se abre entre las rocas al fondo del valle. Durante las épocas de lluvias torrenciales, aquella grieta recogía las aguas procedentes de los niveles superiores. En esta parte de Egipto cada cinco o seis décadas hay tormentas profusas que lo inundan todo. Hay que imaginar a los antiguos cómo debieron de interpretar la cascada de agua derramando el líquido purificador sobre el valle. Muy posiblemente entendieran aquella gruta como una enorme vagina de la que surgía la vida, elementos que encajan perfectamente con la idea de la diosa madre Hathor, que recibe a los difuntos para insuflarles la vida en el Más Allá.
Según Desroches-Noblecourt, junto a las paredes de la enigmática cueva podemos encontrar las claves del misterio. A la izquierda, hay una formación natural que recuerda la forma de la cabeza de una vaca, la propia diosa Hathor. Además, a la derecha, otra formación rocosa natural reconstruye el aspecto de un hipopótamo, la diosa Opet que, junto a Hathor, estaba destinada a ofrecer vida al difunto por medio de las llamas del fuego purificador (pasaje 137b del Libro de los Muertos). El hipopótamo era otro de los animales que en la religión egipcia representaba el arquetipo de la maternidad.

El último secreto de Hathor

pareidolias08_nacho-aresHemos dicho que el circo de Deir el-Bahari podría representar la forma de los cuernos de la diosa vaca. Sin embargo hay más. Si esto es así, no parece extraño que justo en la vertical del santuario de la reina Hatshepsut, una enorme cobra coronada por el disco solar parezca proteger y gobernar toda la planicie.
En un singular artículo publicado en el año 1992 en la prestigiosa revista Antiquity (66), el egiptólogo Anthony Donohue presentaba este nuevo descubrimiento. Esta formación abría un camino diferente a la explicación de por qué aquel lugar inhóspito había sido elegido desde tiempos ancestrales para ser el centro de culto de la diosa Hathor, uno de cuyos símbolos era precisamente la cobra.
El último descubrimiento realizado en la zona tuvo lugar el verano de 2013. Junto al Valle de los Colores, un circo que se abre a pocos metros al sur de Deir el-Bahari, la fotógrafa María Belchi se topó de bruces con lo que a todas luces parece ser un nuevo “juego de la Naturaleza”: una representación del rostro de la diosa vaca Hathor tocado con la tradicional peluca tal y como la hemos visto cientos de veces en amuletos, estatuas, capiteles de columnas y máscaras de ataúdes. Se trata de una construcción natural, posiblemente retocada en la Antigüedad para adquirir el aspecto de la diosa, tal y como se hizo por ejemplo con la cobra en Gebel Barkal. Su altura es de unos 15 metros y mira hacia el este, pareidolias06_nacho-arescomo si realmente estuviera saliendo de la Montaña Tebana, haciendo así gala de uno de sus títulos principales, la Señora de Occidente. Curiosamente, la imagen se encuentra a escasos metros del escondite de momias reales de Deir el-Bahari (DB320), descubierto en 1881 y en donde aparecieron decenas de momias de los reyes más importantes de la Historia de Egipto. ¿Puede ser esta máscara gigante de Hathor el amuleto que protegía a los antiguos reyes en su descanso eterno? ¿O simplemente se trata de una pareidolia moderna?
Los antiguos egipcios comprendían e interactuaban con el Valle del Nilo como nadie lo había hecho antes. Tenían un vínculo mucho más directo con la tierra de lo que nosotros podamos tener en la actualidad. Seguramente no requerían explicaciones tan racionales como las que podamos exigir nosotros para poder explicar cada uno de sus comportamientos. Era una forma de ser y de sentir el cosmos más sutil, más inmaterial y más metafísica. En esas coordenadas encajan perfectamente la interpretación de estas pareidolias, ajustadas a sus creencias y que, de una manera muy fuerte, cerraban y hacían más fuerte su vínculo con la madre tierra y con las divinidades que vivían en ella.

© Nacho Ares 2014

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